CATS ON FIRE + VINCENT. Madrid, 30-3-2010.



Cats On Fire + Vincent: misterio resoluble.

Noche de contrastes en la Corredera Baja de San Pablo. La plataforma promotora SON, de Estrella de Galicia, presentó, la noche del miércoles, la curiosa combinación de sonidos propuesta por Cats On Fire y Vincent. El elegante Teatro Lara no se llenó para la ocasión, pero todos los asistentes se fueron con lo que había ido a buscar. Algunos, el sonido ambiental penetrante de Vincent; otros, el edulcorado pop nórdico de Cats On Fire. Dos bandas muy diferentes que, pese a tener ya un cierto público estable y fiel, siguen demostrando lo difícil que es triunfar en España en el panorama indie, sin una referencia de éxito anterior proveniente del Reino Unido, Estados Unidos o Canadá. A veces parece inevitable pensar que nuestro país, en su gran mayoría, aún no se ha incorporado al flujo, de referencias e influencias, de éxitos y aceptaciones masivas, del panorama musical internacional. Y esta dolencia solo se cura organizando y asistiendo a conciertos como los de ayer.

La apuesta de SON quedó clara hace ya unos meses, cuando trajeron a The Pains of Being Pure at Heart, quizá la banda más prometedora de todo el panorama independiente actual; y antes de ayer volvió a poner en escena dos muestras, casi en las antípodas, del enorme abanico de sonido que hay, hoy en día, al margen de los grandes sellos y discográficas. Es difícil hablar de lo que pasó la noche del miércoles, sin sucumbir a la comparación: Vincent y Cats On Fire no tienen nada que ver, musicalmente hablando; y pese al programado protagonismo de los segundos, fue la banda madrileña la que más me llamó la atención. Desde la puesta en escena, a la estructura y filosofía musical, todo el concierto fue un constante contraste. Probablemente pocos fueron a ver a los dos grupos; y el público incondicional de uno, seguramente no se sintió muy cómodo escuchando al otro, y viceversa. Noche irreconciliable en el Teatro Lara.

Vincent abrió la velada con un acristalado sonido ambiental, un sesudo lo-fi que invita a pensar, que se desarrolla mejor en el más estricto instrumentalismo. Las voces apagadas e inseguras, al estilo Early Day Miners o The American Analog Set, son su asignatura pendiente. Por el contrario, lo que pudo ofrecernos Cats On Fire fue mucho más limitado: un pop-rock sencillo y directo, tremendamente convencional, y con una tibia tonalidad folk que, en mi opinión, parecía del todo impostada. Cualquiera pensaría, al asistir a una sesión de finlandeses y españoles, que los primeros resultarían fríos, y los patrios bien cálidos. Todo lo contrario. Vincent tocó su repertorio sin demoras, sin apenas contacto visual con su público, mostrando una imagen compacta, de banda democrática, de sala modesta y de rincones, y una actitud ligeramente shoegaze. Languidez, y mil detalles escondidos. Sin embargo los nórdicos, haciendo alarde Mattias Björkas de oratoria y ansias de frontman, dejaron claro que su objetivo es mover pabellones, llenar estadios de bailoteos y aplausos rítmicos absurdos.

Cats On Fire conectó con el público gracias al amoroso y amable sonido que segregó durante más de una hora. 'I am the White-mantled King', por ejemplo, provocó algún que otro grito, y ciertos brotes de cándida felicidad. Hay quien habla de la innegable similutud con los Smiths, del parecido razonable con Belle & Seastian. Pero aunque en ocasiones abandonan ese invariable ritmo británico, y coquetean con la percusión del folk americano de Okkervil River, Cats On Fire no va mucho más allá de sus referencias. En mi opinión, no aportan nada nuevo. Vincent, en cambio, es más vanguardista. Los Grizzly Bear, o Beach House, no han pasado desapercibidos frente a ellos. El gran atractivo de bandas así es que, con su post-rock, atentan contra lo preestablecido: métodos y lugares comunes de plácido descanso para formaciones como Cats On Fire.

No hubo antagonismos entre Vincent y Cats on Fire, pero tampoco conexión. Los primeros plantearon la noche como la sesión de una especie de teatro mágico, inquietante e impenetrable, de susurros imperfectos y reflexiva evasión; y Cats On Fire se encargó de iluminar, con grandes focos de atención, un escenario que convirtió casi en plató de show vespertino, arrebatándonos la posibilidad de irnos a casa con esa impagable sensación de llevarnos a la cama un gran secreto bien guardado. Noche de contrastes en la baja Malasaña: experimentación frente al formulismo, la investigación colegial del armónico frente al método del estrellato. Vincent y Cats On Fire recorren vías bien distintas, pero si en el futuro vuelven a compartir escenario, será, con toda seguridad, uno con mucha mayor repercusión. Esperemos, de todas maneras, que detrás de esa hipotética situación vuelva a estar Estrella de Galicia, y su plataforma de promoción musical SON, dada la acertada apuesta que están llevando a cabo.

THE JOY FORMIDABLE



En ocasiones paso épocas (cortas, todo hay que decirlo) en las que no encuentro música nueva. Quizá solo sean días en las que busco mal, o en los que ni siquiera lo hago; y parece como si hubiera copado el límite de mis gustos, como si empezara la cuesta abajo, como si el aburrimiento le hubiera ganado la partida a mi olfato, a mi pasión. Entonces descubro a Yuck, a Esben and The Witch, a The Joy Formidable, le doy una opción a The Pains of Being Pure at Heart, y redescubro a The Raveonettes. Ya solo por eso, por muy mal que puedan ir las cosas, siento en mí una alegría intocable, un reverdecimiento interno. Descubrir un grupo nuevo, sentir su picadura, como su veneno se expande en tu cuerpo, como te invade a cada nota y te domina, notar como su flujo ahora es el tuyo; es un pequeño y delicioso enamoramiento sublimado. Porque cada primavera nos trae flores nuevas, cada vez.

Luego puede que me informe un poco sobre la banda en cuestión, incluso puede que haga un texto como este, pero lo importante es lo que la primera escucha de The Joy Formidable me ha hecho sentir: liberación. La vitalidad que despliega este trío galés en su álbum de debut, THE BIG ROAR, infunde tales ansias de emancipación entre sus oyentes, que me cuesta no dejar de escribir, aquí sentado, para simplemente salir corriendo. Pero el amor es así: no es tiempo perdido si se lo dedico a ellos. Su ritmo constante, de fe ciega en el libre albedrío (y nada tiene que ver con la estructura, muy clara), sostiene mi esqueleto craneal; mientras que el post-craneal vuelve a erguirse, gracias a esa voz, tan llena de esperanzas, de Ritzy Bryan, y a esa persistencia eléctrica que a punto está de saturarnos. Es tal el repaso que le da a nuestro ánimo, que creo que cuando acabe el disco, en la quietud, no soportaré el silencioso vacío.

The Joy Formidable suena a varias cosas. Sleeper, Stars, Silversun Pickups; incluso a Kill Hannah, Come o Throwing Muses, y sobre todo a Yeah Yeah Yeahs. Una voz femenina fuerte, decidida pero capaz de transmitir suavemente. Apremiante pero cariñosa. Yo, desde luego, y sin entender lo que me dice, le haría caso a Ritzy sin dudarlo. Los estribillos son potentes, pegadizos, y son tan buenos que provocan un fuerte deseo de que lleguen. Son himnos de la primavera, de la vida en renacimiento, siempre cargados de bondad y espíritu positivo. The Joy Formidable no permite que te hundas, tira de ti hacia arriba, hacia adelante, hacia donde haga falta. Exprime y saca toda la juventud que aún queda en cada cuerpo. THE BIG ROAR, de algún modo, te hacen entender que son infinitas las opciones, que todo está siempre por llegar, y que son inútiles la autocomplecencia, el conformismo y la resignación. Intolerancia al abatimiento. Será porque vuelan, y volarán, muy alto.

Este magnífico álbum de debut salió en enero, pero su frescura sólo puede remitirnos a la hierba recién nacida, a esa lluvia que huele a tierra feliz, a la brisa del mar, descalzos en la playa. Además The Joy Formidable son muy creativos, puede que incluso más que Yeah Yeah Yeahs. Calificarlos de art-rock me parece exagerar un poco, como el compararlos con Arcade Fire. Cada uno a su camino, pero en lo que respecta a esta banda, tras THE BIG ROAR, se les exigirán grandes cosas. Porque aunque pierde un poco de fuerza al final, está plagado de temazos. Todas con guitarras insistentes, como ese buen amigo que se empeña siempre en levantarnos el ánimo, en echarnos un cable y una risa terapéutica. The Everchanging Spectrum Of A Lie, I Don't Want To See You Like This, con un estribillo demoledor, o A Heavy Abacus, Whirring y Cradle, con momentos realmente brillantes, son lo mejor de este Cd. Y Austere, Chapter 2 y The Greatest Lights Is The Greatest Shade resucitarían a un muerto.

Atlantic Records está detrás de esta grabación, pero lo importante es lo que tienen estos chicos por delante: mucho rock y mucho futuro para seguir evolucionándolo. The Joy Formidable ha irrumpido con fuerza en una escena que necesita siempre otra nueva primavera. Puntuales han acudido estos galeses a la cita. Y espero que no se me pase pronto esta tontería con ellos. Sé que esto no dice mucho de mi vida sentimental, pero cada semana me gusta tener un grupo favorito distinto. Quizá dentro de un par de años, de hecho, puede que nos volvamos a enamorar, cuando saquen su 2º álbum. Lo espero ya con ansia.

ESBEN AND THE WITCH



Como en Cien años de soledad, cuando alguien muy importante se va durante años, y luego regresa, tiempo después empiezan a aparecerle por doquier hijos desconocidos, que llaman a su puerta reclamando su paternidad y bendición. 17 Aurelianos; y serán 17 las hijas del Third de Portishead. Warpaint y Esben and The Witch son la avanzadilla. No me extraña, por tanto, que ambas bandas estuvieran nominadas al 'Sound of 2011' de la BBC, junto con James Blake, The Vaccines o Yuck, entre otros. Sin duda que darán que hablar en los próximos años, y no sólo en el Reino Unido. Ambas demuestran, definitivamente, que el trip-hop ya no existe.

Esben and The Witch es una de las más nuevas e interesantes apuestas de Matador Records para 2011. El 31 de enero editaron su álbum de debut, VIOLET CRIES: otra prueba más de lo lejos que quedan ya los primeros años '90. Trip-hop de 3ª generación, ya muy distante de un Blue Lines, un Dummy, o incluso de un Motion (The Cinematic Orchestra), o de un Moon Safari (Air). Heredero directo del Third, y caminando por un terreno allanado por The XX, este Cd se mueve siempre a un ritmo abatido, de sólidas dispersiones mentales, de densos humos de reflexión circular; al ritmo enfermizo del augurio de la muerte. Pero en la espera de lo inevitable, este trío de Brighton nos regala momentos de extrema delicadeza, profundidades abismales, descritas con la calma del vencido.

Me sorprenden dos cosas de este VIOLET CRIES tras una primera escucha: la profundidad y la personalidad que demuestran en todas y cada una de las pistas. Como todos sus precedentes, Esben and The Witch busca un sonido oscuro y elegante, una pose de engalanada dignidad, y una mirada sutil, siempre misteriosa. Otras formaciones parecidas pecan quizás de excesiva formalidad; Esben and The Witch son todo contenido. La decadencia en la voz de Rachel Davies, casi tétrica, pero tremendamente atractiva, las extrañas abstracciones de su electrónica, la difusa ambientación de platos y bombo, el coro de ángelas caídas, y la finitud de sus arpegios y punteos hablan, más que de una forma, de un lenguaje lleno de contenido, un lenguaje que es el mensaje; el sentimiento y la expresión, materializadas en una misma música.

Quizá la primera virtud del VIOLET CRIES sea que al escucharlo, uno no tiene por qué saber de dónde viene su sonido. Por primera vez, el Bristol de los '90 no ensombrece a su propia descendencia. Esben and The Witch tienen personalidad propia, precisamente porque beben más de ese sonido, ya evolucionado por el Third de Portishead (ya no lo digo más), por ese trip-hop actualizado: mucho más entrecortado, disonante, amante del desequilibrio controlado, más sombrío y desencantado; otra vez miedoso, como lo eran las voces del dream pop inglés de la Era Nirvana (1987-94), pero con el tono de Chan Marshall, de PJ, o el de las chicas de Warpaint.

No obstante, soy consciente de lo arriesgado que es llamar a esto trip-hop: su abanico de sonido es, con toda seguridad, mucho más amplio. La abrasiva influencia del post-rock ensancha sus fronteras (sobre todo en Light Streams, Hexagons IV y en el final de Eumenides), las estructuras son más imprevisibles y libres (incluso la progresiva Argyria); y, en general, el sonido parece mucho más experimental. Pero la tensión impenetrable que subyace en VIOLET CRIES, sobre todo en Chorea, Marching Song, nos remite nostálgicamente a aquél efímero estilo musical. También podríamos llamarlo trip-hop maduro, siempre y cuando aceptemos que tiene la esencia partida en dos: más que nunca, entre la electrónica y el post-rock.

La buena noticia es que discos como este nos hacen creer aún en la vitalidad y validez de esa unión. Esben and The Witch parece saber administrar las dosis de una y otra influencia, con una personalidad notoria; saben respetar la distancia con sus referentes, leen su evolución; y crean, en definitiva, una atmósfera propia, muy definida, y que hace honor a la época de incertidumbre que estamos viviendo.




Imágenes de Emi Wakatsuki

THE MARS VOLTA



Entre la salvación y el manicomio.

La potencia de Mars Volta no parece tener control. Rompen una y otra vez con su propio eje, giran y giran, revolucionados, amenazando siempre con desatar la tormenta, con la explosión nuclear. Dominan el fuego, el terror, y todo lo primario. Dominan la carne, y electrifican el alma. The Mars Volta, para mí, son un grupo de culto. ¿Por qué? Porque experimentan con dinamita, porque no han salido de la típica cadena de montaje del rock, porque su valentía se tradujo, en su día, en una auténtica maravilla de Cd: DE-LOUSED IN THE COMATORIUM, y porque técnicamente son asombrosos. Puede que no a todo el mundo le guste este álbum, pero es un sonido tan irrepetible, que ni ellos mismos han podido nunca igualarlo, ni mucho menos superarlo.

Por dónde empezar...Son de Tejas, y los líderes, Omar Rodríguez y Cedric Bixler-Zavala, tienen origen hispano. Ambos formaban parte de dos interesantes precedentes de The Mars Volta: At The Drive-in y De Facto. Y le agradeceré de por vida a Dios(=Messi) el hecho de que en 2003, tras un tímido Ep, viera la luz este inmenso trabajo de debut. DE-LOUSED IN THE COMATORIUM se sale por los cuatro costados. Es desquiciantemente potente, la prueba viva de que, aunque la energía y el control no casen bien, hay genios y valientes dispuestos a intentar rebatirlo. Mars Volta es un grupo de rock progresivo y experimental. Y este primer Cd lo que hace es abrir una auténtica autopista de fuego, una vía circular tipo Nascar que bordea el infierno, rozándolo de tanto en tanto.

El problema, para ellos, es que han corrido una carrera sin rivales. Nadie se ha atrevido a transitar las vías de Mars Volta, nadie aceptó el reto (o nadie estuvo a la altura). Su motor, tras miles y millones de vueltas, se ha desgastado. DE-LOUSED IN THE COMATORIUM y Frances The Mute (2005), aunque en mucha menor medida, son su legado, para mí, más preciado.

Cada canción de este primer álbum contiene unas notas más de psicodelia que la anterior, unos minutos más; va de lo concreto a lo indefinible, pero siempre con subidas y bajadas vertiginosas. La comprensión de este Cd puede tener efectos secundarios: desde la locura, hasta la más absoluta necesidad de dominarlos. En cualquier caso, se termina haciendo adictivo. Cicatriz Esp, de 12 minutos, puede resultar el mejor de los ejemplos: empiezan ordenados, relativamente formales, unos segundos de incertidumbre, y explota el estribillo. Transición increíble. Otra estrofa, otro estribillo, y se van. Un punteo y un ritmo enloquecedor nos zambullen de cabeza en un paréntesis de calma y experimentación pausada, que dura unos 6 minutos. Cuando otros ya habrían dado el trabajo por finalizado, Mars Volta se adentra en su propia música. Por unos instantes, casi todo yace apagado, y hasta se oyen caer las lágrimas de sudor de estos domadores de la perfección.

Y cuando todo vestigio de energía y potencia parecía perdido, la revientan con un tímido redoble, y un ritmo imparable, como una carroza en pleno Carnaval, que nos devuelve al puro rock de eléctricas de The Mars Volta; rematando el tema, como si no hubiera pasado gran cosa, rememorando la original estructura (aunque con impagables y pequeñas variaciones).

Salvo Televators, todas las canciones auguran mal presagio. O será que mi oído los transforma en síntoma del más cercano apocalipsis. El sonido de DE-LOUSED IN THE COMATORIUM es desgarrado (en las partes que no son experimentación, jazz-rock, o electro-psicodelia) en Take The Veil Cerpin Taxt, en Inertiatic Esp, en Roulette Dares y en Eriatarka; This Apparatus Must Be Unearth y Drunkship Of Lanterns ya rozan la rabia divina. La voz a Cedric le sale de más allá de las entrañas: ese hilillo agudo, elástico y desvergonzado tiene su origen en ese lado del cerebro que no atiende a razones. Además, la perfecta técnica de Omar, a la guitarra, y la de una batería que golpea con fiereza y precisión, engalanan de un aparente absurdo controlado la angustiosa letra de todo el Cd.

Creo que Mars Volta nunca podrá superar este Cd. DE-LOUSED IN THE COMATORIUM está tan fresco como el primer día que se pudo escuchar. Es la imagen inmóvil de una descarga eléctrica, la foto finish de la potencia, del descontrol dominado. Es un disco con impulsos de vida siempre latentes.